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Grupo de Trabajo de Memoria Histórica - CNT

A vueltas con el Valle de los Caídos…

A vueltas con el Valle de los Caídos…

Monumento a la megalomanía del general Franco, exponente de la tiranía, de su desprecio por la vida humana y la libertad, continúa aún erguida la obra del sátrapa y genocida responsable directo del golpe militar de julio de 1936. En estos días en los que se debate su existencia, hay que recordar con el más fuerte de los gritos que el Valle de los Caídos es la obra de un criminal, que no contento con mantener su bota sobre el cuello de la clase obrera española durante cuarenta años se permitió construir un símbolo externo de su ideología y proceder a su construcción, obligando a numerosos presos del bando perdedor a trabajar como esclavos en su grandilocuente panteón, muchos de hechos trabajadores de la CNT, de la FAI o de Las Juventudes Libertarias, de los cuales un número indeterminado perdió la vida en el transcurso de las obras o en las múltiples fugas que se produjeron, mientras que eran sometidos a un régimen brutal de trabajo, palizas, humillaciones y penurias de todo tipo.

La “dirección moral” del recinto fue asignada a la iglesia católica y continúa bajo esa misma tutela, aún siendo un bien público perteneciente al patrimonio nacional. La iglesia católica es pues corresponsable y cómplice de todo lo ocurrido en ese infausto monumento, símbolo externo de la prepotencia de dicha institución. Su primer abad fue fray Justo Pérez de Urbel, notable representante eclesiástico dentro del régimen franquista, consejero nacional del movimiento, procurador en cortes y alférez provisional voluntario, de los que ataviados con uniforme militar y correajes no tenían mayor ambage en dirigir pelotones de fusilamiento, y en su caso, aplicar el tiro de gracia en la nuca del condenado, tal como hicieron muchos sacerdotes falangistas y requetés. Después y hasta la actualidad la dirección de la abadía ha seguido corriendo a cargo de la pía orden benedictina.

Como siempre la iglesia católica junto al poder, parte del poder y al servicio del poder. Hay que recordar que el traslado de restos mortales de caídos en la guerra o cruzada fascista, fue realizada entre brumas y sin publicidad, salvo los del líder falangista José Antonio Primo de Rivera o los del propio Franco, resultando luego que una parte significativa de los restos mortales almacenados de mala forma en los columbarios de Cuelgamuros, corresponden con republicanos en general y en particular a un número todavía no determinado de libertarios. Dichos restos fueron llevados especialmente durante los años cincuenta y hay un registro muy preciso de las procedencias de dichos restos, por lo que a día de hoy cabe solicitar su salida de tan infausto emplazamiento.

Asociaciones de familiares y en pro de la memoria histórica llevan solicitando insistentemente su exhumación, arguyendo la abadía que dada la forma de su traslado en cajas y su ubicación en condiciones climáticas desfavorables, los restos se encuentran en un estado de dispersión orgánica, a lo que hay que aducir que esos monjes benedictinos deben haber olvidado intencionadamente que existe la ciencia, las pruebas de ADN y que todo un nutrido grupo de descendientes quieren comparar sus cadenas de ADN con las de los restos que retiene dicha orden en Cuelgamuros. De nuevo la iglesia católica culpable ante la historia y ante los hombres, culpable de atrocidades, mentiras y obstáculo perenne al deseo de los que quieren localizar los restos de sus familiares y darles un lugar digno de descano.

Si se conocen con exactitud todos esos extremos, la pregunta es ¿por qué no se produce ya el proceso de exhumación de los restos solicitados?. Es evidente. Numerosos oscuros intereses para que no se conozca o difunda el dramatismo y doloroso significativo de tal monumento, en el que lejos de buscarse la concordia o el hermanamiento, se llevó a cabo una deplorable actuación criminal, por la cual combatientes del fascismo fueron depositados de forma soterrada en dicho emplazamiento que representa precisamente todo aquello por lo que pelearon y murieron. ¿Venganza tras la muerte? o simplemente la actuación de gentes sin mayores escrúpulos morales. Ese es uno de los interrogantes que se plantean ahora muchos de sus descendientes y todos aquellos que se sitúan frente al totalitarismo y la imposición.

Por otra parte, hay que plantear qué significado tiene hoy su existencia, a todas luces controvertida. El Valle de los Caídos debe ser forzosamente demolido, no puede admitirse que en el siglo XXI siga manteniéndose con fondos públicos un monumento a la barbarie y al recuerdo de la brutalidad del régimen franquista, en el que además los residuos de la ultraderecha golpista española siguen dando culto a algunos de los exponentes más sanguinarios de la historia reciente de España. La gran cruz católica de Cuelgamuros, además de ensuciar la panorámica de la sierra, recuerda a todos a aquellos que se topan con su vista la falta de corazón y moralidad de los vencedores del conflicto, queriendo recordar incluso así en la lejanía el mensaje de su ideología totalitaria y de la brutalidad del régimen que generó. Vergüenza tendría que dar a los cristianos que dicho símbolo siga todavía en la vertical.

Devolver a sus deudos los restos solicitados y el traslado de los de las tumbas de Franco, Primo de Rivera y de los otros combatientes del bando golpista, deben ser las líneas matrices de la actuación a seguir con el Valle de los Caídos, convirtiendo a su emplazamiento en un memorial de todos los que allí fueron esclavizados por el franquismo o perdieron la vida de forma inicua.

Javier Antón

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